Los Sin Nada

El campo de los Sin Nada de Ptuj hay unos barracones de madera que en su día sirvieron corno habitaciones de los obreros estacionales que venían del sur de ex Yugoslavia.

El campo está dirigido por tres personas empleadas del ayuntamiento; llevan la responsabilidad de procurar que las condiciones y ambiente sean lo más acogedor y “normal” posible.

El aspecto de las barracas no es nada laudable ya que no han sido construidas para recibir tantas personas de distintas edades. El campo tiene un sala de estar donde los Sin Nada pasan la mayoría de sus días. En la sala hay dos cocinas y una tele para 178 personas. Las habitaciones están en su mayoría ocupadas por dos o más familias, lo que exige un grado bastante grande de hacer un serio esfuerzo de convivencia con personas de diversas edades. En algún caso se dan los casos donde en unos dieciséis metros cuadrados viven juntas 11 personas. La mayoría de los Sin Nada son niños y jóvenes (más de 55 %) acompanados por sus madres y abuelas. Los hombres son una minoría ya que todos los varones capaces de combatir se quedaron en el frente.

El campo tiene cuatro duchas y servicios comunes que no están en las mejores condiciones. Para ducharse hay un horario y hay que esperar en la cola al turno. Los desayunos y las comidas se llevan desde la ciudad ya preparados. Las cenas se preparan en el campo mismo con los alimentos que llegan a través de las organizaciones humanitarias.

Las !raciones! son los únicos momentos donde se reúne más o menos todo el campo y donde puedes contactar con la gente que está todo el día encerrada en las habitaciones. Otro momento de encuentro es tomar el café. Es casi un rito, la preparación del café culmina en un acercamiento que poco a poco madura en amistad, donde se van abriendo y hablan de sus experiencias de vida. Hablan de los momentos de antes de la guerra, de las vidas concretas y de las esperanzas y proyectos futuros que han sido cortados por los combates. Con dificultad hablan de las experiencias de la guerra, de las matanzas, de las amistades rotas, de las casas destruidas, de los familiares muertos violentamente, de la pérdida de la identidad, de los bloqueos de los caminos, de las dificultades para pasar tales bloqueos, de la vida comprada por algunos marcos, etc. Son experiencias que se amontonan en el interior de la gente y les condicionan el vivir de cada día. Algunos sufren bastante, es un sufrimiento latente sólo visible en los ojos que piden cariño, la respuesta e iniciativa del amor ajeno, capaz de escucharlos y de estar con ellos en los momentos difíciles, en la tristeza y en dolor de un 'pueblo crucificado" y 'dejado a su suerte" de supervivencia.

¡Las familias enteras viven bajo el orden y el régimen de la dirección del campo! Han perdido su independencia familiar. La educación de los hijos se ha convertido en un deber de la estructura del campo y no ya como una tarea de la familia. Y si no hay una movida, animación o formación motivada por los monitores (voluntarios) para alegrar y diferenciar el ritmo de la vida, los Sin Nada se dejan llevar por el tiempo y las cosas que no van mucho más allá de adaptarse al ambiente a vivir su experiencia de los Sin Nada de modo inactivo.

Los niños son una riqueza invalorable que mantienen la poca esperanza que queda a las madres para seguir luchando y resistiendo. Son dejados un poco a si mismos y cuando están sin control crecen las posibilidades de conflictos y peleas que a veces implican a los propios familiares mayores en esta dinámica de descontrol y de nerviosismo colectivo que está presente en el campo. No hay que olvidar que conviven porque deben. Y muchos de ellos hartan todo lo posible para vivir un vida más tranquila y sosegada. Son muy sociables y hambrientos de la variedad y de conocer nuevas personas.

También es posible completar algunos estudios de Formación Profesional. Por desgracia los libros de texto son bastante caros. La desconcentración psíquico y la pasividad va apagando lentamente las ganas de proyectar su vida al futuro.

En el campo habla una mujer llamada Munevera que tenía un hijo que se parecía a mi. Lo han matado en el frente en Bosnia. Y cuando me veía se acordaba de él y lloraba. Me provocaba una extraña sensación, ya que me sentía como causa de su sufrimiento. Y hablando con ella me mostró las fotos de su hijo muerto, un joven de 23 años, que tenía todo el futuro delante de si, que siendo musulmán no se distinguía de los jóvenes centroeuropeos, y amaba la vida y su país.

Ruza, recibió una vez la llamada de su madre desde Bosnia central. La sorpresa y la alegría eran indescriptibles. Desde hace dos años no sabia nada de su madre. La felicidad que empapó a Ruya no ha dejado a nadie sin lágrimas. Hemos llorado de alegría sabiendo que su madre está bien.

Almir me confiesa que los jóvenes bosnios han sido sorprendidos por la violencia descandenada. Creían que las amenazas de los partidos radicales no iban a llegar a tanto. Han convivido entre si como amigos y compañeros de clases y han desarrollado amistades fuertes entre ellos a pesar que pertenecían a otra nacionalidad. Cayó el ideal de la fraternidad entre las naciones, cayó la confianza mutua y a veces el amor se convirtió en un odio que tenía raíces en el dolor y en la imposibilidad de parar los sufrimientos.

Abdulah, un joven de 20 años tocaba la guitarra y animaba el grupo de los jóvenes con sus rock canciones muy populares en tiempos de la ex Yugoslavia.

Suada, una chica abierta y comunicativa, encontró dificultades para integrarse en la escuela eslovena para terminar los estudios medios. Le preguntaban los compañros de la clase qué tal se está en el campo y cómo han vivido últimos meses de la paz en Bosnia. Eran preguntas que despertaban los recuerdos de las dificultades y las luchas para sobrevivir. Al final abandonó la escuela.

Benjamin, Hidaeta, Dejan, Kadefa, Almir y tantos otros niños tenían la posibilidad de moverse sin permiso sólo dentro del campo. Y no se puede describir su alegría cuando se organizaba alguna salida al parque o al bosque. Nos escribíamos cartas unos a otros para decirnos qué tal estamos y como iba la vida. Son niños que han crecido de manera acelerada en algunos aspectos humanos, por eso es necesaria la recuperación de sus ritmos evolutivos.

Ihmeta, Síavica, Joco y otros ancianos pasan el día envueltos en sus recuerdos y a los paseos por la finca. Han sufrido mucho y todavía es presente este sufrimiento en la soledad de sentirse sobrantes.

Son pequeñas historias de las personas concretas que sufren la expropiación forzosa de sus bienes y que han buscado salvar la vida en los países vecinos. Ahora viven juntos las tristezas y alegrías en muchísimos campos.

Os saludo en nombre de Abdulah, Hidaeta, Almir, Kadefa, Benjamin, Suada y de Tantos Otros.

 

M. V.

Publicado en “Misiona Abierta”, 1994